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La tragedia griega

Esteban Emilio Monsonyi   (15-03-2012)
Ningún ser medianamente inteligente y honesto puede ignorar por más tiempo la crisis definitiva del Capitalismo. Más allá del Capitalismo como tal, se trata de los estertores del oligopolio economicista y geopolítico que rige al mundo actual y donde entran –en proporciones similares– corporaciones y gobiernos, incluyendo a varios de orientación socialista y progresista. Hoy me siento obligado a confirmar algo que está en el ambiente, el que el 1% de la población mundial sigue empeñadísimo en guardar el monopolio del poder intraplanetario a expensas de la pervivencia de la Tierra y de la Humanidad, quien parece haber perdido el control sobre su ya deficiente manejo de “nuestra única nave espacial”.

Este introito podría concretarse de muchas maneras, pero voy a tocar expresamente la tragedia de Grecia y del pueblo griego. Quiero aclarar que no soy eurocéntrico; sostengo hace décadas que hay muchas culturas importantes además de la “occidental”. Mas también es cierto que esta última tiene contraída con Grecia –desde sus orígenes– una deuda inmensa e imprescriptible. La misma Ángela Merkel –árbitra suprema de la Europa actual– sería incapaz de hilar un solo discurso político en su lengua materna sin hacer uso de un alto número de conceptos y palabras helénicas, empezando por democracia. Se dirá que la democracia griega fue esclavista, pero nada humano es perfecto: ni Bolívar ni San Martín libertaron a los esclavos. Sería hasta inútil rememorar los logros de la cultura griega en materia de filosofía, historia, geometría, literatura, artes, desde el período proto-helénico hasta más allá de Bizancio. La propia Grecia contemporánea –con sus graves problemas y dificultades– sigue produciendo su cuota de intelectuales, escritores y poetas de merecida fama mundial. 

Parece que a la Unión Europea nada de esto le importara, dada su estructura economocéntrica, claramente demostrable en los últimos avatares que vive el Sur del Continente. Alemania vuelve a dar la voz de mando: someter al pueblo griego a la indigencia, robarle todo atisbo de futuro, casi reducirlo a la nada, con tal de salvar la integridad de la economía europea, convertida en fetiche sobrehumano. Hasta el Gobierno norteamericano condena esa masacre –véase la reciente tasa de suicidios en Grecia– aduciendo que una población griega sin poder adquisitivo sería obstáculo infranqueable para una mínima recuperación económica. Además, habían sido los países europeos fuertes, empezando por Alemania, los que indujeron a los griegos a excederse en el consumo y algunas expectativas. Pero nada detiene los paquetes neoliberales de los tecnócratas convertidos en verdugos, a veces de su propio pueblo. Si no fuese por el economicismo determinista, otra situación se vislumbraría. En vez de recortar elementales conquistas sociales, podrían reducirse –en el mundo entero– los gastos armamentistas, suntuarios y otros ligados a la especulación financiera. Nada de esto se hace; es el pueblo indefenso –nuestro 99%– quien tiene que pagar por las horribles políticas de sedicentes élites responsables de la crisis planetaria, en sus distintas expresiones.

Se nos responde, aun del lado más crítico y progresista: Este diagnóstico será certero, mas la Humanidad actual, dividida en lo político, lo económico, lo geográfico en bloques y fragmentos contradictorios, estará por mucho tiempo impedida de aportar una respuesta contundente y liberadora. Decimos responsablemente que esto es una gran mentira. Recordemos que la Segunda Guerra Mundial, ante la amenaza de la locura hitleriana, dispuesta no solo a acabar con el pueblo judío sino con eslavos, asiáticos, africanos, todas las razas y estirpes consideradas inferiores por el Nazismo –entre otros peligros previsibles– hizo realidad la unión de los gobiernos y fuerzas vivas más heterogéneas imaginables para permitir la continuidad de nuestra especie en la Tierra. Mutatis mutandis, hoy estamos frente a un descalabro planetario similar, ante la negativa de enfrentar el cambio climático, la destrucción sistemática de ecosistemas vitales, la minería incontrolada, el neoliberalismo especulativo, el armamentismo desaforado, una geopolítica para uso de las grandes potencias y sus émulos, el mismo estancamiento y seguidismo de las fuerzas llamadas progresistas, convertidas o no en gobiernos constituidos: para colmo todo ello controlado por el omnipresente 1% de nuestra especie que persiste en llevarnos al precipicio. ¿Hasta cuándo?.
 
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